El ser humano protagonizando su futuro y humanizando el mundo

Por: Gumersindo Rego Fernández

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El ser humano (homo sapiens) surgió hace unos 200.000 años, en relación con el desarrollo del lenguaje y con la expansión de la corteza cerebral, especialmente en la región frontal, la región anterior del cerebro, donde se sitúan los lóbulos frontales, en los que se encuentran  las estructuras que nos van a diferenciar de otros animales, estructuras vinculadas a la razón, al pensamiento lógico y al control emocional. Así pues, en el cerebro y de modo especial en la parte de más reciente evolución, están impresas las estructuras que marcarán, en gran medida, el rumbo a seguir por la vida y que nos permitirán dar sentido a nuestra propia vida.

Los sentidos nos aportan información en forma de sensaciones. La percepción integra las sensaciones procedentes de un campo perceptivo, de aquello a lo que prestamos atención. La percepción tiende a estructurar el campo perceptivo para ver su significado; tiende a rellenar los vacíos con símbolos para completar el campo y poder entenderlo, como cuando rellenamos un puzzle. Vemos una naranja completa, aunque estamos viendo solo la mitad; vemos escenas continuas en una película, aunque estamos viendo fotogramas aislados. Estamos ante las primeras manifestaciones de la importancia de lo simbólico en la vida humana.

La tendencia de la mente humana a percibir vacíos, a rellenarlos con símbolos y a buscar su contenido subyace en los grandes descubrimientos de la humanidad. Muchos descubrimientos pasaron por una fase simbólica, por ejemplo, por ser una X en alguna ecuación matemática. Mendelèiev al elaborar la tabla periódica de los elementos químicos percibió vacíos, dejo huecos sin rellenar, huecos que fueron rellenados con símbolos cuyo contenido se buscó y, finalmente, se encontraron los elementos químicos correspondientes.

Parece pues que  en la mente humana está impresa cierta correspondencia entre vacíos y contenido y, de modo análogo, entre necesidades, que vienen a ser vacíos, y su contenido que son los  medios para satisfacerlas. Pensemos en la sed y el agua. Estamos ante un ejemplo de la tendencia del universo al equilibrio dinámico entre polos opuestos o complementarios.

Las sensaciones y percepciones dejan huellas simbólicas en nuestra mente, en la que se va formando  una réplica simbólica de la realidad. Lo podemos ver en el lenguaje. A los nombres, que son símbolos, correspondes cosas, a los verbos corresponden acciones y a los textos escenas. El pensamiento lógico, abstracto, puede manejar la citada réplica simbólica con fluidez, porque la realidad sería demasiado pesada; puede combinar símbolos y crear nuevos símbolos; nuevos símbolos que después pueden pasar a ser realidades.

El avión, por ejemplo,  parte de la percepción de un vacío, de una necesidad, de la necesidad de volar; pasa por una fase simbólica, por ecuaciones y dibujos en los cuadernos de los inventores, y posteriormente se convierte en la realidad que conocemos.

Estamos ante tres pilares fundamentales de la vida humana: ante la garantía y fiabilidad del pensamiento lógico, que se apoya en una réplica simbólica de la realidad; ante las bases científicas de la capacidad creativa humana y ante el protagonismo del mundo simbólico tirando del mundo real. Con respecto a la fiabilidad del pensamiento lógico bastaría pensar que nos permitió poner pies en la luna y erradicar la enfermedad que probablemente  causó más muertes a la humanidad, la viruela. Con respecto al mundo simbólico como avanzadilla del real cabe añadir otro ejemplo; las novelas y el cine generan escenas simbólicas, atractivas, que venden, y que parecen en principio pura fantasía pero que con el tiempo las vemos convertidas en realidades. Nos encontramos de nuevo con un equilibrio dinámico, entre un polo real y un polo simbólico.

El ser humano tiene un elevado nivel de consciencia, siendo esta una parte activa del conocimiento, capaz de inducir emociones y de desencadenar respuestas. Se ha dicho que la plenitud del ser se da en la consciencia. Se plantan flores en los jardines desde que se tomó consciencia de su belleza. Todos deseamos alcanzar la plenitud de nuestra vida en la consciencia de los demás y, a ser posible, en consciencias superiores; cuando acudimos al médico intentamos entrar en su consciencia con nuestros problemas para que nos los pueda resolver. Un futbolista alcanza la plenitud de su vida deportiva en la consciencia de los espectadores, al ser admirado como un héroe, y si está el rey entre ellos mejor. Esta tendencia se observa en diferentes manifestaciones de la vida e incluso se proyecta al  mundo metafísico. Estamos ante otro ejemplo  de equilibrio dinámico entre polos o bipolaridad dinamizadora, en este caso entre lo que se hace consciente y el que toma conciencia de ello.

El ser humano ha sido definido como animal racional, y lo es, pero es muchos más; tiene emociones y sentimientos que son un  motor fundamental de su vida, aunque también se mueve por el conocimiento y atraído por valores diversos. La vida afectiva tiene múltiples dimensiones, como son el placer y el dolor, el amor y el odio o la alegría y la tristeza, dimensiones que son bipolares, con un polo negativo del que tendemos a huir y otro positivo que tendemos a alcanzar y esto supone movimiento, es motivación y a mayor distancia entre polos mayor motivación.

El premio nobel Lorenz subrayó que la mencionada distancia no se debería disminuir para no caer en la desmotivaron y en el desánimo. A medida que luchamos contra el dolor y el sufrimiento tenemos que potenciar el otro polo y a veces recurrimos para ello a procedimientos peligrosos, como el botellón o las drogas; habría que potenciarlo mediante el conocimiento, el arte, las relaciones humanas, el amor y la esperanza, entre otros procedimientos. Estamos ante otro equilibrio dinámico entre polos, y ante una gran fuerza dinamizadora como es el amor entre personas, sin el cual es difícil imaginar grandes obras.

De este modo el ser humano, con su capacidad de conocer, de sentir, de responder y de crear  es un protagonista fundamental de su propio futuro y de la humanización del mundo.

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